Empecé a entrenar wing chun hace casi cinco años. Debo
reconocer que fue más como un medio para acercarme más a mi amigo, practicante
de este arte y convertido a partir de entonces en mi maestro. Alguien con quien
quería compartir el mayor tiempo posible y con quien me sentía cómodo en su
cercanía. Fueron buenos cinco años, entrenando una o dos ocasiones por semana,
en sábado o domingo, en los parques cerca de mi casa o de la suya, en la clase
que el tomaba con su propio maestro o en otras circunstancia. Buenos cinco
años.
Avancé de primera a segunda y finalmente a tercera forma,
pasando a través de los respectivos exámenes, de la preparación y descubriendo,
con placer, que había desarrollado un gusto especial hacia esta disciplina.
Practicaba mis formas los días que no entrenaba con mi maestro y el resto de
sus alumnos, repasaba las lecciones y perfeccionaba lo que ya sabía. Trataba de
mejorar en lo que creía que necesitaba hacerlo y perfeccionaba lo que ya sabía.
A veces me desesperaba al no ver ni sentir ningún avance, consideré rendirme en
otras ocasiones, cuando llovía en horas de entrenamiento o se cancelaba por
falta de asistencia, a pesar de haber pasado mucho trabajo en reservar mis
fines de semana para asistir al entrenamiento. Realmente me sentía motivado. Y
la atención que mi maestro ocasionalmente le daba a mi esfuerzo me impulsaba un
poco más.
Luego, hace un par de meses, empecé a trabajar, viéndome obligado
a suspender mis lecciones de fin de semana, a pesar de lo mucho que eso me
angustiaba. Incluso consideré la idea de no tomar el trabajo para seguir
entrenando, pero ya había tocado un fondo donde eso ya no era posible. Y
realmente, realmente pensé que mi maestro y mis alumnos me apoyarían en esto.
Me equivoqué. He tratado de pedir que me conceda sólo media
hora para revisar mi progreso, pueda darme una guía para seguir avanzando y así
pueda prepararme por mi cuenta para mi examen de tercera forma. Llevó más de
quince días que me responda algo diferente a “necesitas ir al entrenamiento”, a
sabiendas de que no puedo hacerlo, o “deja me organizo”. A ninguno de mis condiscípulos,
mis supuestos “hermanos” de wing chun, parece
importarles que haya dejado de asistir. Realmente creo que a ninguno de ellos
parece interesarle que siga con ellos. Tal vez nunca les importó. Ni siquiera
pidiéndoles ayuda expresamente. Sigo tratando de aprender por mi cuenta,
mejorar lo que ya sé, pero realmente no parece que avance a alguna parte. Me
han dejado solo y no parece importarles.
Y tal vez lo más lógico, lo más real, sería rendirme del
wing chun y aprender alguna otra cosa. Pero, como dije antes, le he tomado un
gusto, un cariño especial a este arte marcial, por encima de mi interés inicial
que compartir una actividad con mi amigo. Puede ser, tal vez, la necedad de
querer completar este trabajo a diferencia de muchas otras cosas que he dejado
inconclusas en mi vida, pero sigo dedicando horas en soledad, golpeando al
aire, a la pared, a los postes o a los árboles hasta que me duelen los puños,
hasta que me quedo sin aire, haciendo conciencia de cada movimiento y figura
hasta que el cansancio ya no me deja hacer las formas de manera correcta.
Avanzo tanto como puedo hacerlo sólo y estoy empezando a buscar la guía y la
practica en compañía en algún otro lado, pero es difícil cuando ya no tienes
tiempo el fin de semana o dinero para pagar lecciones.
Sólo puedes seguir entrenando en el parque, golpeando al
aire, preguntándote si lo estás haciendo bien porque no hay nadie cerca para indicarte
los errores.
Aunque, a veces, algunos maestros, eventuales, algunas guías
momentáneas, se aparecen en tu camino. Y, al menos por un instante, vuelves a
ser parte de algo y te señalan algunos senderos. Tal vez ya me toqué
recorrerlos solos. Aunque sin duda pueda extrañar a los demás, sin importar que
realmente lo más doloroso haya sido darme cuenta que nunca les importé
realmente.