domingo, 12 de agosto de 2018

Cuando tu maestro de artes marciales te abandona.


Empecé a entrenar wing chun hace casi cinco años. Debo reconocer que fue más como un medio para acercarme más a mi amigo, practicante de este arte y convertido a partir de entonces en mi maestro. Alguien con quien quería compartir el mayor tiempo posible y con quien me sentía cómodo en su cercanía. Fueron buenos cinco años, entrenando una o dos ocasiones por semana, en sábado o domingo, en los parques cerca de mi casa o de la suya, en la clase que el tomaba con su propio maestro o en otras circunstancia. Buenos cinco años.
Avancé de primera a segunda y finalmente a tercera forma, pasando a través de los respectivos exámenes, de la preparación y descubriendo, con placer, que había desarrollado un gusto especial hacia esta disciplina. Practicaba mis formas los días que no entrenaba con mi maestro y el resto de sus alumnos, repasaba las lecciones y perfeccionaba lo que ya sabía. Trataba de mejorar en lo que creía que necesitaba hacerlo y perfeccionaba lo que ya sabía. A veces me desesperaba al no ver ni sentir ningún avance, consideré rendirme en otras ocasiones, cuando llovía en horas de entrenamiento o se cancelaba por falta de asistencia, a pesar de haber pasado mucho trabajo en reservar mis fines de semana para asistir al entrenamiento. Realmente me sentía motivado. Y la atención que mi maestro ocasionalmente le daba a mi esfuerzo me impulsaba un poco más.
Luego, hace un par de meses, empecé a trabajar, viéndome obligado a suspender mis lecciones de fin de semana, a pesar de lo mucho que eso me angustiaba. Incluso consideré la idea de no tomar el trabajo para seguir entrenando, pero ya había tocado un fondo donde eso ya no era posible. Y realmente, realmente pensé que mi maestro y mis alumnos me apoyarían en esto.
Me equivoqué. He tratado de pedir que me conceda sólo media hora para revisar mi progreso, pueda darme una guía para seguir avanzando y así pueda prepararme por mi cuenta para mi examen de tercera forma. Llevó más de quince días que me responda algo diferente a “necesitas ir al entrenamiento”, a sabiendas de que no puedo hacerlo, o “deja me organizo”. A ninguno de mis condiscípulos, mis supuestos “hermanos” de wing chun,  parece importarles que haya dejado de asistir. Realmente creo que a ninguno de ellos parece interesarle que siga con ellos. Tal vez nunca les importó. Ni siquiera pidiéndoles ayuda expresamente. Sigo tratando de aprender por mi cuenta, mejorar lo que ya sé, pero realmente no parece que avance a alguna parte. Me han dejado solo y no parece importarles.
Y tal vez lo más lógico, lo más real, sería rendirme del wing chun y aprender alguna otra cosa. Pero, como dije antes, le he tomado un gusto, un cariño especial a este arte marcial, por encima de mi interés inicial que compartir una actividad con mi amigo. Puede ser, tal vez, la necedad de querer completar este trabajo a diferencia de muchas otras cosas que he dejado inconclusas en mi vida, pero sigo dedicando horas en soledad, golpeando al aire, a la pared, a los postes o a los árboles hasta que me duelen los puños, hasta que me quedo sin aire, haciendo conciencia de cada movimiento y figura hasta que el cansancio ya no me deja hacer las formas de manera correcta. Avanzo tanto como puedo hacerlo sólo y estoy empezando a buscar la guía y la practica en compañía en algún otro lado, pero es difícil cuando ya no tienes tiempo el fin de semana o dinero para pagar lecciones.
Sólo puedes seguir entrenando en el parque, golpeando al aire, preguntándote si lo estás haciendo bien porque no hay nadie cerca para indicarte los errores.
Aunque, a veces, algunos maestros, eventuales, algunas guías momentáneas, se aparecen en tu camino. Y, al menos por un instante, vuelves a ser parte de algo y te señalan algunos senderos. Tal vez ya me toqué recorrerlos solos. Aunque sin duda pueda extrañar a los demás, sin importar que realmente lo más doloroso haya sido darme cuenta que nunca les importé realmente.

viernes, 21 de julio de 2017

Honestamente...


Honestamente no sé por qué estoy haciendo esto, abriendo un blog centrado en la idea de mi descarga emocional. Lo único cierto es que actualmente me encuentro sin trabajo, sin rumbo fijo, con proyectos frustrados e incapaz de compartir sentimientos con nadie, y la única forma que he visualizado para no seguir hundiéndome en la desesperanza y la depresión es descargarlo en este espacio, sin la expectativa de que alguien, fuera de mí, lo lea. Realmente no espero que alguien lo lea y la misma idea no parece tener sentido, pero siento que si no lo hago con cierta frecuencia, terminaré haciendo cosas de las que me arrepentiré a corto o mediano plazo.

Tengo 39 años, el próximo año cumpliré 40 y el sentimiento de fracaso es cada vez más intenso. Ni los amigos ni la familia parecen poder ayudarme y el trabajo, como lo mencioné antes, ya no lo tengo, y sin importar el esfuerzo que le ponga, los proyectos personales no parecen empezar a andar. Así que por eso estoy aquí, esperando poder combatir esta depresión de la única forma en que siento que puedo hacerlo ahora.

Así que, si hay alguien leyendo esto hasta este punto, se lo agradezco sinceramente. A veces solo necesitamos que alguien escuche, o saber que alguien podría hacerlo si su camino se cruza con este espacio.

Gracias nuevamente.